Revista de Prensa


José María Álvarez Villares es cazador desde los 16 años. Incluso lo sería de antes, de haber podido.
S. Garrido · 12/2/2011

El veneno de salir al monte se lo inoculó su padre, también veterano de este deporte, practicante hasta más allá de los 80 años. José salía con él y le cogió el gusto. Él solo, porque a los otros seis hermanos no le interesó el asunto. Y desde entonces no ha parado. Ni en el campo, ni en los despachos. Es uno de los presidentes de cotos (técnicamente, terrenos cinegéticamente ordenados, tecores) más veteranos de la zona, con 16 años al frente del de Coristanco, que agrupa a casi 200 socios y gestionan más de 10.000 hectáreas de terreno. También es juez habitual en competiciones en la que hay perros: San Huberto, cans de parada, rastro de jabalí o de conejo...

Casi podría decirse que, más que por las escopetas, él sigue en esto por los perros. Ha ido evolucionando, lo mismo que el deporte. Nació cerca del castro de Oca y recuerda cuando los conejos de monte prácticamente le llegaban a la puerta de su casa. Hoy probablemente no lleguen ni al castro. En años pasados, dice, el cobro de piezas era esencial, el sentido de la actividad. Hoy priman otros factores. Con todo, sigue teniendo enemigos y detractores. «Non hai ningunha actividade que sexa do gusto de todos. Pero sempre é necesario coñecela, saber do que se fala. E a maioría dos críticos coa caza non saben o que é, o que se fai. A maioría de nós non buscamos perchas, senón disfrutar co can, cos amigos, coa natureza. A caza non é matar por matar». Insiste en el tema: «Se non existisen os cazadores, penso que terían desaparecido certas especies. Nós contribuimos a que iso non sexa así, e tamén a ter os montes limpos, a que haxa sembrados... Hai cousas que non podemos facer, porque a agricultura non é a de antes».

El perro. «Para min, a paixón da caza é o can. E os dos outros, tamén. Cando acabamos unha xornada, non decimos ?collín des conexos?, senón que falamos de que o can colleu o rastro de tal perdiz, ou como foi un lance determinado. É algo común». Ojo, hay más factores, como el ya citado de la camaradería. Pero el animal tira mucho. Incluso condiciona la elección de las piezas que cazas. Villar es aficionado sobre todo al conejo, aunque también al zorro y, en mayor, al jabalí, aunque de este último lo que menos le agrada es la espera. Las batidas están bien, dice, pero aguardar tanto tiempo no es lo suyo. No suele ir a por pluma, «porque é máis individualista».

El perro tiene más exigencias, como el entrenamiento constante. A los ojos de un no-entendido, algo cansado tener que salir de madrugada a practicar. A los suyos, «un disfrute tremendo. Estar cos cans supera con moito o de matar». En su caso (el de su tecor), con campos de entrenamiento y caza permanente, se trata de algo más fácil aún. José María tiene siete beagles, pero para la foto elige a Chispa, una golden retriever de dos años que hasta sabe posar para las fotos de lo lista que es. Le hace compañía «vinte horas ao día». Pronto serán más, porque se prepara para hacer el Camino de Santiago desde Roncesvalles. Los dos juntos. Posiblemente en abril. Casi un mes a pie.

Con Chispa pasea por todo Carballo a diario. Su ritmo es de 14 kilómetros de media por jornada. En el Bosque do Añón no falla nunca. Es un lugar que le encanta, y por eso lo elige como rincón, en un recodo del Anllóns, junto a los carballos. «Elixo este sitio porque vivo en Carballo. Se estivese en Coristanco sería Verdes, e en Entrecruces, a Férveda. O que me gusta é a natureza», explica. También es pescador. Y practica el barranquismo. Y bajará los Cañóns do Sil.